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Hace cincuenta años el poder jordano reprimía la utopía revolucionaria palestina

Memoria de un septiembre negro

Amán, septiembre de 1970. “¡Revolución hasta la victoria!”, “¡Todo el poder a la Resistencia!”, “¡La ruta de Jerusalén pasa por Amán!”. Estas consignas aparecían pintadas en las paredes de la capital jordana junto a los afiches del “guerrillero heroico” Ernesto “Che” Guevara, asesinado el 9 de octubre de 1967 en Bolivia por orden de la CIA. Militantes armados, y con la cabeza cubierta con un “keffiyeh”, realizaban controles en las principales avenidas y sus camionetas, armadas con ametralladoras apuntando hacia el cielo, aceleraban en el laberinto de la ciudad. El congreso de la Unión General de Estudiantes Palestinos (GUPS) recibía a centenares de militantes de izquierda extranjeros, algunos de los cuales judíos, que habían ingresado a Jordania más o menos clandestinamente. Se citaba a Fidel Castro o a Mao Tse-tung, se devoraba la obra de Frantz Fanon y la de Ho Chi Minh, se comentaban los textos de Vo Nguyen Giap sobre la guerra popular en Vietnam. Durante ese final de verano, en la ciudad de las siete colinas se respiraba un aire que a algunos les recordaba el de Petrogrado en 1917 y la consigna “Todo el poder a los soviets”. Para el líder de una de las organizaciones de izquierda palestinas, Nayef Hawatmeh, en Jordania se vivía una situación de “doble poder” y el rey Hussein debía eclipsarse ante la resistencia palestina, tal como el gobierno de Alexandre Kerensky se había eclipsado ante los bolcheviques.

En Amán, como en La Habana, en Argel o en Hanói, el tercer mundo se levantaba y soñaba con cambiar al mundo de raíz. Las juventudes de estudiantes y obreros de Occidente, levantadas desde la primavera de 1968, se reconocían en esa utopía. El director de cine Jean-Luc Godard filmaba en el lugar de los hechos “la guerra prolongada hasta la victoria del pueblo palestino”, mientras que el escritor Jean Genet cantaba su amor por los combatientes palestinos: “¡De Asia hasta América, hay vientos de revolución! Solo quiero una que sea grandiosa, como un fuego de artificio, un incendio que salte de banco en banco, de ópera en ópera, de la prisión al Palacio de Justicia” La escritora Ania Francos, cuyos abuelos habían sido asesinados en los campos hitlerianos, proclamaba: “Vale la pena morir en tierra extranjera, y así como me sentí argelina cuando arrasaban Orés, hoy me siento palestina”.

Las organizaciones
Ese tornado sacudió a un mundo árabe traumatizado por su contundente derrota ante Israel, en junio de 1967. Un mazazo que desató un enojo popular silencioso contra los poderes establecidos. El Egipto de Gamal Abdel Nasser y su aliado baazista sirio, faros del nacionalismo revolucionario anti imperialista árabe, perdieron parte de su encanto. Nasser y su régimen fueron criticados, no por los movimientos islamistas debilitados por la represión de los años 1950 y 1960, sino por la extrema izquierda que organizaba manifestaciones estudiantiles y obreras contra la pasividad que demostraban los tribunales egipcios ante los oficiales responsables de la derrota, contra la “nueva clase” y todos sus beneficiarios, y al mismo tiempo reclaman la profundización de la opción socialista. En Irak y en Libia, sendos golpes de Estado condujeron a cambios de régimen.

En esa brecha imprevista germinaban las organizaciones de fedayines. Aprovechaban el debilitamiento de la monarquía para implantarse en el territorio jordano, donde la mitad de la población era palestina. Ofrecían así, gracias a la lucha armada, un instrumento para encarar la revancha contra Israel y su aliado estadounidense. Se inscribían en la dinámica de la Conferencia Tricontinental, que había tenido lugar en enero de 1966 en La Habana y que apuntaba a unir a los pueblos de África, Asia y América Latina contra “el imperialismo yankee”.

¿Qué eran estas organizaciones? La principal, el Fatah, era dirigida por un hombre todavía poco conocido, Yasser Arafat; había lanzado sus primeras acciones armadas contra Israel el 1º de enero de 1965 y apuntaba a la liberación de toda la Palestina por los palestinos mismos. El Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) y su escisión de izquierda, el Frente Democrático y Popular de Liberación Palestina (FDPLP), eran productos del Movimiento de nacionalistas árabes, creado en Beirut después de 1948 por Georges Habache, un palestino cristiano. Durante mucho tiempo planteó la unidad árabe como condición de la liberación de Palestina, reconociéndose en el discurso de Nasser, para luego convertirse al marxismo-leninismo y criticar tanto al Rais como al Fatah “pequeño burgués”, a pesar de que una de sus alas se reivindicaba maoísta. Deberíamos sumar una pléyade de pequeños grupos, en general (...)

Artículo completo: 2 378 palabras.

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Alain Gresh

Director del periódico digital Orient XXI
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