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El Líbano y su acelerado empobrecimiento

“Que caiga el régimen de los bancos”

Beirut, a mediados de julio. Una pequeña muchedumbre se amontona en la vereda frente al hospital que depende de la Universidad Americana de Beirut (AUB en inglés). Las caras son serias, lívidas o desamparadas. La víspera, o más bien durante la mañana, mil quinientos empleados u obreros de AUB se enteraron de su despido “en virtud de la crisis económica”, como se les hizo saber. En total, 20 a 25% de los efectivos del establecimiento. Los sindicatos denuncian “una masacre”.

Una quincuagenaria sale del edificio gritando: “¡revolución! ¡revolución! ¡revolución!”. Pese a cargar una caja que contiene sus efectos personales, logra levantar el puño, pero su grito se parece más a un pedido de ayuda que a una incitación a la revuelta. Llorando, termina por caer de rodillas, y sus cosas se esparcen en medio de la calle. Algunos compañeros de infortunio se precipitan, pero ella se niega a levantarse. “Dios mío, ¿de qué lado estás?”, dice, y le cuesta expresar esas palabras. Un soldado se da vuelta y se seca una lágrima. Con un sueldo equivalente a 70 dólares, consecuencia del derrumbe de la libra libanesa, su situación material no es mucho mejor, pero él y sus colegas obedecen las órdenes. Preocupada por evitar todo desborde, la universidad apela a un impresionante dispositivo de seguridad que moviliza al ejército y a las fuerzas antimotines. “Había que precaverse contra graves amenazas exteriores”, se justifica Fadlo Khoury, el presidente del establecimiento, al tiempo que reconoce que los despidos “habrían podido y debido ser mejor administrados”.

Cambian las reglas del juego
Una grave crisis económica (1), una desocupación que aumenta vertiginosamente, el ejército desplegado para impedir la impugnación social, una población enfrentada a la multiplicación de los casos de Covid-19... Esa era la situación en el Líbano antes del 4 de agosto y la doble explosión accidental del puerto de Beirut y su balance catastrófico: 192 muertos, cerca de 7.000 heridos y una buena parte de la capital destruida, 300.000 beirutíes que se quedaron sin vivienda, mientras que 70.000 perdían su empleo. Las esperanzas nacidas del movimiento popular del 17 de octubre de 2019 parecen ahora muy lejanas.

En menos de un año, las reglas de juego cambiaron completamente. El sistema político vilipendiado que los jóvenes llamaban a desmantelar a los gritos de “todos, eso significa que todos deben irse”, sigue en su lugar. Y cada día, o casi, trae su cuota de malas noticias o el signo de una situación que empeora: reconfinamiento de la población con un toque de queda de incierta eficacia sanitaria, saturación de los hospitales, escasez alimentaria, agresiones sórdidas por algunas migajas de pan, nuevo incendio en el puerto en septiembre y negociaciones políticas interminables pese al “ultimátum” del presidente francés Emmanuel Macron exigiendo la formación, sin más demora, de un “gobierno con una misión” para llevar a cabo reformas (2).

Lejos de estas consideraciones políticas, una de las preocupaciones principales de los libaneses sigue siendo el dinero y su disponibilidad. En la calle Hamra, en Beirut, los cambistas oyen la misma pregunta todo el día: “¿A cuánto está hoy la libra?”. Como un símbolo de la decadencia de un país antaño elogiado por su vida cultural, la célebre arteria que fue el corazón vivo de la capital con sus cines, sus teatros y sus cafés, es invadida por la ropa de segunda mano y las baratijas a un dólar. Paradójicamente, el único lugar de la calle que recuerda un pasado prometedor es la sede del Banco Central o Banco del Líbano (BDL). Es hacia ese edificio, ahora protegido por barreras de hormigón, adonde convergen los manifestantes y los que participan en las sentadas que denuncian el control de los bancos sobre el país y su colusión, tolerada por el BDL, con las grandes fortunas que se dedican a fugar capitales. “Que caiga el régimen de los bancos”, proclama un eslogan pintado con un esténcil y acompañado por el retrato de Riad Salamé, presidente del BDL, representado bajo los rasgos del diablo.

Paciencia y sacrificio
Desde diciembre de 2019, los establecimientos financieros aplican un congelamiento de facto de los haberes de los particulares, ya que estos últimos no pueden retirar más que montos limitados de sus cuentas, y restringen los retiros en dólares. Estas restricciones se endurecieron desde que el gobierno anunció el 7 de marzo último el default sobre el reembolso de una parte de la deuda exterior (1.200 millones de dólares sobre un (...)

Artículo completo: 2 340 palabras.

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Doha Chams

Periodista.

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