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Cuando la infraestructura de las redes vuelve a ser geopolítica

Los cables submarinos, una cuestión de Estados

Se diluye el sueño “libertario” de una Internet regulada únicamente por empresas privadas. Los Estados, durante mucho tiempo impotentes frente a un fenómeno que no comprendían, vuelven a posicionarse en el terreno digital. Crece su dominio sobre la arquitectura física de la Red, que, como los cables telegráficos en el siglo XIX, constituye un desafío de soberanía y poder en el siglo XXI.

La Wehrmacht la llamaba Martha. Hoy, un caparazón oxidado esconde el gris del hormigón. Sobre la ruta que bordea el gran puerto marítimo de Marsella en dirección a L’Estaque, la antigua base submarina nazi quedó abandonada por más de 70 años. El búnker inconcluso sirvió de prisión militar de los aliados tras el desembarco en la Provenza. Y luego nada. Hasta hace poco, algunos iniciados venían a admirar los viejos dibujos olvidados en los muros, obra, probablemente, de los alemanes detenidos. Pero ahora son inaccesibles, encerrados desde 2020 detrás de los muros de MRS-3, uno de los inmensos centros de datos de la sociedad Interxion.

“No puedo dejarlo pasar. Son plataformas cloud muy sensibles y tenemos cláusulas de confidencialidad tan largas como un brazo”, lanza de entrada Fabrice Coquio, presidente de la empresa. El sitio es civil, pero la seguridad es digna de una base militar. Aquí tocan tierra una parte de los 14 cables submarinos de fibra óptica que llegan a la ciudad focense. Datos provenientes del mundo entero, almacenados e intercambiados en los centros informáticos de los clientes: Google, Amazon, Facebook, un estudio de abogados, la empresa de obras sanitarias local, así como operadores de telecomunicaciones. También, el Estado francés.

Al ver los grandes edificios brillantes de la terminal de cruceros, es difícil imaginar que estamos en un nido de espías. Sin embargo, según los documentos brindados por el denunciante Edward Snowden al diario Der Spiegel, la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense (NSA, en inglés) introdujo en febrero de 2013 un virus informático en el corazón del sitio de administración y de gestión de SEA-ME-WE-4, un cable que envía las comunicaciones telefónicas y de Internet desde Marsella hacia el norte de África, Medio Oriente y el Sudeste Asiático. Para la NSA, Marsella constituye incluso uno de los principales puntos de interceptación del mundo.

Red Limpia, la purga estadounidense
“Al principio, la captación de datos en los cables submarinos se justificó apelando al antiterrorismo”, explica Dominique Boullier, sociólogo del Instituto de Estudios Políticos de París. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, “era necesario captar los flujos masivos en los puntos neurálgicos para vigilar y eventualmente llegar hasta los culpables en caso de incidente”. En 20 años, Washington se convirtió en el director de orquesta de los “Five Eyes” (“cinco ojos”) en la captación de las comunicaciones que pasan por los cables –se dice “interceptación de cable”–, efectuada con la ayuda de sondas colocadas en los grandes puntos del planeta en donde los cables tocan tierra con la complicidad de los operadores. “Los estadounidenses hoy pinchan todos los cables. Hemos testeado en Francia sus routers Cisco. Sabemos que una parte de los datos que salen viajan misteriosamente a Estados Unidos”, dice bajo anonimato un alto responsable de una operadora francesa de telecomunicaciones. Además de la captación masiva, los servicios estadounidenses llevan a cabo operaciones específicas para hacer inteligencia política (gobiernos, embajadas) y económica. Hemos visto en los últimos años, por ejemplo, la interceptación en Honduras de un cable que provee servicio a un sitio turístico donde se reúnen actores económicos internacionales provenientes tanto de la industria automotriz como agroalimentaria. O también la conexión del Centro Internacional de Física Teórica en Trieste, que forma a científicos de todo en el mundo en el área de la energía nuclear.

Lo mismo ocurre con los servicios británicos. En 2012, la oficina gubernamental encargada de la vigilancia de las telecomunicaciones, el Government Communications Headquarters (GCHQ) recuperó por medio de los cables las cookies (archivos de registro) de los empleados de la operadora belga Belgacom para infiltrar la red de la empresa, que presta servicio fundamentalmente a las administraciones europeas. En 2014, los franceses se enteraron de que los servicios de inteligencia británicos accedían a los datos de los clientes de Orange desde 2011: “En ese momento, los servicios británicos sospechaban que el grupo Iliad tenía un acuerdo con el Mossad –recuerda una fuente interna que prefiere el anonimato–. El GCHQ, por medio de Orange, podía medir las variaciones de los flujos en los cables y determinar si se tramaba algo entre Francia e Israel: acuerdos comerciales, de colaboración, cualquier operación... Se convirtió en un procedimiento clásico para los Estados”.

Espionaje submarino
Luego de las revelaciones de Snowden, algunos países europeos se mostraron indignados, Francia a la cabeza. Pero París, que colabora con la NSA, dispone desde 2008 de un programa de escucha de las comunicaciones internacionales que transitan por los cables submarinos. Una nota actualizada por Snowden muestra que en 2009 la Dirección General de la Seguridad Exterior (DGSE) de Francia reforzó su cooperación con el GCHQ en la “búsqueda de intercepciones masivas vulnerando los sistemas de encriptado ofrecidos por los proveedores privados”. Hubo cinco cables espiados entre 2008 y 2013 con la complicidad de Orange. Y sólo fue el principio.

“¿Qué Estado deja hoy de intervenir directamente ante sus empresas de telecomunicaciones? –pregunta Sébastien Crozier, presidente de la Confederación Francesa de Dirección-Confederación General de Directivos (CFE-CGC) de Orange–. Ser operador actualmente equivale a aceptar ser una función de la soberanía nacional.” Y esto se hace sin marco legal ni control. “Los cables submarinos caen bajo la jurisdicción de las comunicaciones internacionales, por lo tanto competen a la soberanía. En Francia nunca tuvimos facultades para controlar a la DGSE en lo que respecta a los cables. Y la ley relativa al espionaje de 2015 no cambió nada”, precisa Jean-Marie Delarue, ex presidente de la Comisión Nacional de Control de las Intercepciones de Seguridad. Además, Francia no es la excepción. “Las leyes sobre espionaje aprobadas en los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) luego del caso Snowden facilitaron la captación de datos, que no dejó de crecer”, concluye Crozier.

De los cables submarinos dependen las comunicaciones, los flujos financieros y el acceso a los datos almacenados digitalmente (“la nube”, cloud en inglés). Manejar esos flujos constituye para los Estados un inmenso mecanismo de influencia geoeconómica. China lo entendió a la perfección: el 8 de abril de 2010, según un informe del Congreso de Estados Unidos, Pekín desvió hacia sus servidores, durante 18 minutos, los correos electrónicos provenientes o con destino a los sitios del Senado, la Secretaría de Defensa, la de Comercio y hasta la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA). En junio de 2019, los ingenieros de la empresa Oracle descubrieron que un importante volumen del tráfico europeo de Bouygues Telecom y de SFR había sido redirigido durante dos horas hacia China.

En zonas estratégicas
Más aun: la República Popular impulsa directamente a sus empresas públicas a controlar la capa física del ciberespacio. “El Estado chino consiguió un lugar preferencial en los consorcios asiáticos vía China Mobile, China Telecom y China Unicom. De manera general, la gran báscula del tráfico de Internet hacia Asia condujo a los Estados asiáticos (China, Tailandia, Singapur) a gravitar más en el tema de los cables: desde 2010 garantizan en promedio el 9% de las inversiones, contra el 1% entre 1987 y 2010”, detalla Félix Blanc, doctor en Ciencias Políticas especializado en la gobernanza de los cables submarinos. Más allá de su influencia regional, China invierte en proyectos ubicados en zonas estratégicas, como el canal de Nicaragua, cuya concesión incluye los cables de Internet, o incluso el empalme con el continente europeo vía Marsella a través de la primera conexión de fibra óptica china entre Francia y Asia, bautizada Pakistan and East Africa Connecting Europe (Peace). Entre 2016 y 2019, las empresas chinas participaron en el 20% de las construcciones de cables, más de la mitad de los cuales se despliega fuera del Mar de China (...)

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Charles Perragin y Guillaume Renouard

Periodistas, colectivo Singulier.

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