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Una “minoría modelo” víctima de la retórica antichina

En Nueva York, brigadas voluntarias para proteger Chinatown

Llegados sin nada, los asiáticos instalados en Estados Unidos lograron subir en la escala social. Encarnan el sueño americano. Se los considera trabajadores, estudiantes brillantes, pero también discretos y dóciles. Detrás de estos estereotipos se esconde sin embargo una comunidad fragmentada, presa de una multiplicación de crímenes de odio desde el comienzo de la pandemia.

Con una memoria fotográfica, Wellington Chen describe el intento de homicidio del que fue testigo en la esquina de Worth y Baxter Street, en la noche del 25 de febrero de 2020, alrededor de las 18.30 hs. Al salir de su oficina en Chinatown, este estadounidense de origen taiwanés vio a un hombre correr en su dirección y clavarle “un cuchillo de ocho pulgadas” en la espalda a un peatón, un asiático de 36 años. “El atacante salió corriendo a toda velocidad desde la esquina y lo acuchilló en la espalda, ni siquiera Chuck Norris se habría podido defender”. La víctima caminó algunos metros antes de derrumbarse frente a Chen: “Podría haber sido yo, y me considero afortunado de poder contárselos hoy”. Se perforaron órganos internos: la víctima sufrió la extirpación de un riñón y de una glándula suprarrenal, pero sobrevivió. El agresor, un estadounidense de origen yemenita con antecedentes psiquiátricos, declaró ante la policía que no le gustó la manera en que la víctima lo habría mirado.

Cuando se le pregunta a Chen si piensa que fue testigo de un crimen racista, contesta con otra pregunta: “¿Por qué pasearse por Chinatown con un cuchillo de carnicero? Para mí, esta acción estaba premeditada”. Ciertamente, pero en un contexto de aumento generalizado de la violencia con armas en la ciudad de Nueva York, ¿latinos, blancos o negros no son asimismo víctimas de agresiones gratuitas? “Ningún latino se siente hoy obligado a salir de su casa con dos sistemas de alerta-agresión en su mochila como hago yo hoy”, replica.

Chen es una personalidad respetada de la comunidad asiático-estadounidense. Director Ejecutivo del Chinatown Business Improvement District desde hace quince años, este urbanista y alto funcionario también planificó el desarrollo urbano del mayor Chinatown del área urbana de Nueva York (Flushing, en Queens). Su experiencia profesional le da una visión de conjunto de la comunidad de 1,2 millones de personas, es decir el 14% de la población de Nueva York (contra el 7% en el conjunto del país). Los empleados de los alrededor de 200 restaurantes del Chinatown original de Manhattan, un enclave densamente poblado y burbujeante de actividad en tiempos normales, hoy en día tienen la costumbre de nunca volver solos a sus casas. Los restaurantes cierran más temprano por las mismas razones de seguridad. Chen estima que los asiáticos son, en la actualidad, blanco de agresiones como ningún otro grupo étnico.

Incluso si la Oficina del Procurador de Manhattan no retuvo el móvil agravante de “crimen de odio” (hate crime), el intento de homicidio del que fue testigo Chen causó estupor por su violencia. Las imágenes de las cámaras de seguridad se propagaron por las redes sociales, tanto como las de otras decenas de ataques en el país, indignando a las diásporas del mundo entero. “Al día siguiente del ataque con cuchillo, cerca del mediodía, un asiático fue gaseado en Bowery [una calle al Sur de Manhattan] y la misma noche, a otro le dieron una paliza en East Broadway”, enumera Chen.

Todos son víctimas
¿La violencia anti-asiática explotó entonces, como aseguran varios de nuestros interlocutores? Acerca de este punto, las estadísticas de las asociaciones comunitarias y de la policía ofrecen una imagen matizada. A nivel nacional, la organización Stop AAPI Hate, que lucha contra las violencias anti-asiáticas, registró 6.603 incidentes entre marzo de 2020 y marzo de 2021 (contra 3.795 el año anterior). Sin embargo, por su parte, la policía de Nueva York sólo recogió 28 agresiones de este tipo en 2020, una cifra en fuerte aumento con respecto a las tres agresiones relevadas en 2019, pero que sigue siendo modesta. Las fuerzas del orden registraron asimismo 87 denuncias entre el 1º de enero y el 31 de mayo de 2021, contra 20 para el mismo período en 2020, en un contexto de crecimiento general de los crímenes de odio en la ciudad, incluidos los crímenes contra los negros, los judíos o las personas lesbianas, gays, bisexuales y trans. La única persona llevada ante la justicia por un acto anti-asiático en el primer trimestre de 2021 es de hecho un taiwanés, acusado de haber pintado grafitis anti-chinos en las fachadas de varios locales...

Para explicar esta brecha, los representantes de la comunidad explican que muchas agresiones no son reportadas cuando la víctima no habla inglés o no quiere llamar la atención. Aquellas sin golpes ni heridas (insultos, escupidas...) que según AAPI Hate son muchas, desembocan menos frecuentemente en una denuncia –un proceso fastidioso en Estados Unidos–. Sin hablar de que los asiáticos cuentan entre sus filas con muchos pequeños comerciantes: en estos casos, la distinción entre el crimen por dinero y el crimen de odio resulta a veces difícil. La Oficina del Procurador de Manhattan rara vez retiene el móvil agravante del racismo, lo cual no le impidió a la policía de Nueva York crear, desde el otoño de 2020, una “task force” de 25 detectives voluntarios, inmigrantes asiáticos de primera generación, “que hablan diez idiomas distintos”, “para alentar a los asiáticos-estadounidenses reticentes a colaborar con la policía”.

La comunidad china no es el único blanco. Filipinos, tailandeses, vietnamitas... todos son víctimas, cuenta Chen siguiendo con su enumeración de hechos policiales sórdidos. El carácter aleatorio de los lugares de las agresiones (en la calle, el metro, delante de la casa o yendo a una panadería) y de los modus operandi (a puñetazos o patadas, con un cutter, productos químicos), la diferencia de tamaño entre los agresores y las víctimas, a menudo mujeres ancianas, son interpretados por la comunidad como un atavismo antiasiático, reavivado por las tensiones entre Pekín y Washington y, sobre todo, por las polémicas en torno al origen del coronavirus. Así, la mayor parte de nuestros interlocutores estima que el ex presidente Donald Trump recalentó los ánimos difundiendo la teoría del “virus chino”, que se habría escapado de un laboratorio de Wuhan. “Alentó el racismo pretendiendo que, por así decirlo, habíamos traído al virus en nuestras valijas”, acusa Oanh Nguyen, una neoyorquina empleada en el sector financiero que conocimos en Chinatown.

No obstante, la situación no mejoró tras el cambio de inquilino en la Casa Blanca. Categorizada como fake news y complotismo cuando era esgrimida por Trump, la idea de un virus que se escapó de un laboratorio es publicada en las portadas de los diarios desde que Joseph Biden también reclamó una investigación en China sobre los orígenes de la pandemia. De hecho, a pesar de que el nuevo presidente denunció las violencias antiasiáticas –“está mal, es antiestadounidense y debe parar”, declaró tras una matanza en los suburbios de Atlanta que dejó ocho muertos, entre los cuales seis mujeres asiáticas, en marzo de 2021–, los demócratas también retomaron la retórica anti-china del bando republicano. En el Senado de Washington, donde los dos partidos se enfrentan ferozmente, preparar la próxima guerra económica –y militar– contra China se convirtió incluso en una de las pocas causas compartidas. Para combatir las ambiciones tecnológicas de Pekín, los legisladores votaron en junio un enorme plan quinquenal de 52.000 millones de dólares destinados a apoyar a los sectores de la inteligencia artificial, de la informática cuántica y sobre todo de la producción de semi-conductores, esos chips indispensables para el funcionamiento de objetos de uso cotidiano como los smartphones, los automóviles, las consolas de juegos o los brazaletes conectados de fitness (1). En esta atmósfera de nueva guerra fría por la hegemonía tecnológica, los estadounidenses de origen chino están atrapados en el fuego cruzado –al igual que el resto de la comunidad asiática, por asociación–. Una situación que recuerda a los años 80, cuando Estados Unidos, presa de un “miedo amarillo”, temía un creciente poderío de Japón y la invasión del país por parte de Sony y Toyota (2).

Denuncian el racismo
El racismo antiasiático tiene una larga historia en Estados Unidos. Si bien la presencia china en el país se remonta a la fiebre del oro de 1849, la población asiática fue durante mucho tiempo discriminada por las leyes migratorias. La Chinese Exclusion Act de 1882 le prohibió a los chinos instalarse en Estados Unidos. En un contexto de aumento del antisemitismo y de la xenofobia, la medida se extendió en 1924 a otras comunidades de migrantes provenientes de Europa del Este y de Asia (Ley Johnson-Reed). Durante la Segunda Guerra Mundial, los migrantes provenientes de Japón –un país que pertenecía a las fuerzas del Eje– fueron desposeídos de sus bienes e internados en campos, a diferencia de los estadounidenses de origen alemán o italiano (3). En los años 1960, mientras que el movimiento por los derechos civiles tornaba ilegales las discriminaciones étnicas, las leyes sobre la inmigración y la (...)

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Maxime Robin

Periodista.

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