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Los errores del partido comunista más grande de Occidente

La extraña desaparición del Partido Comunista Italiano

Si el izquierdismo es la enfermedad infantil del comunismo, el conformismo es la enfermedad de su madurez. Si no, ¿cómo explicar la extraña desaparición del más poderoso partido comunista de Occidente, un buen día de febrero de 1991? En efecto, durante un último Congreso, tras 70 años de existencia, el Partido Comunista Italiano (PCI), el de Antonio Gramsci y los gloriosos partisanos, abandonaba su nombre, y por ende su identidad y su historia, para autodisolverse; al precio de algunas lágrimas, pero por voluntad propia. Para comprender la magnitud de este acontecimiento, se impone un regreso al pasado, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. La izquierda italiana constituía entonces, observa el historiador Perry Anderson, “el movimiento popular más importante y más impresionante de Europa del Oeste en favor del cambio social” (1). Tras la Liberación, Palmiro Togliatti, retomando las riendas de la organización, abandonó toda veleidad revolucionaria en beneficio de la unidad nacional y del proyecto de realizar una democracia de un nuevo tipo, que le permitiría a la clase obrera jugar un rol político y obtener progresos económicos y sociales significativos. El PCI aparecía entonces como un modelo de “partido de masas”, distinguiéndose por su raigambre popular excepcional (“una sección para cada campanario”) y una fabulosa influencia intelectual y cultural.

Los partidarios del orden claramente temían este poder. “Desde el comienzo de la confrontación Este-Oeste en 1947 –señala el historiador Eric Hobsbawm–, estaba claro que Estados Unidos no permitiría bajo ninguna circunstancia que los comunistas llegaran al poder en Italia” (2). Segunda fuerza electoral del país, la organización fue mantenida en el umbral del gobierno dentro de un sistema dominado por la Democracia Cristiana, que controlaba todas las ramificaciones del Estado imponiendo lógicas clientelistas y hasta mafiosas.

A partir de fines de los años 60, una contestación endémica sacudió Italia y alcanzó al conjunto de los sectores de la sociedad. Su particularidad residía en su intensidad y en su duración: huelgas, ocupaciones, enfrentamientos con las fuerzas del orden marcaron toda una década y el país parecía incendiarse. Los movimientos escapaban de los sindicatos y de los partidos. Nuevas organizaciones (Lotta Continua o Potere Operaio, por ejemplo) llevaban a cabo una subversión bajo el estandarte rojo. Una franja de la extrema izquierda adhirió a la lucha armada mientras que el Estado desplegó una violencia represiva inaudita para contener la subversión.

Si bien, en aquella época, fueron las incursiones terroristas de grupos como Brigadas Rojas las que impactaron en los espíritus, se reveló que los actos de violencia fueron llevados a cabo sobre todo por grupos de extrema derecha (3), en mayor o menor medida relacionados con oficinas turbias. Esta “estrategia de la tensión” hacía temer una evolución autoritaria del régimen –en 1980, todavía, se produjo un atentado con bomba en la estación de Bolonia, once años después del de la plaza Fontana, en Milán–.

Tras el golpe de Estado en Chile, en 1973, el secretario general del Partido Comunista, Enrico Berlinguer, propuso una nueva línea, la de un “compromiso histórico” con el adversario, la democracia cristiana, con el fin de preservar las instituciones democráticas y obtener reformas sociales. El anticomunismo impregnaba toda la vida política, y el PCI no se beneficiaba más que en parte del clima de revuelta. Ciertamente, tras las elecciones de 1976 para la Cámara de Diputados, este último obtuvo 12.614.650 votos, es decir el 34,37% de los votos –su récord–; contaba entonces con alrededor de 1.850.000 afiliados. Sin embargo, su hegemonía sobre la izquierda italiana se revelaba frágil y cuestionada, en tanto se le reprochaba ser una organización burocrática que frenaba, más de lo que impulsaba, la contestación.

Mientras la crisis económica se instalaba en Europa, se iniciaba un giro conservador, tanto en Italia como en otras partes: en el otoño de 1980, la gran huelga de las fábricas FIAT (35 días) terminó en fracaso. Con la implementación, particularmente, del Sistema Monetario Europeo, una nueva ortodoxia redefinió el marco del debate en torno a la política económica; los dirigentes (...)

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Antoine Schwartz

Autor, con François Denord, de L’Europe sociale n’aura pas lieu, Raisons d’agir, París, 2009.

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