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En “algún lugar” entre Ucrania y Moldavia, a la sombra de Rusia

Transnistria, vestigio de un conflicto congelado

El Presidente saliente de la República de Transnistria ganó sin sorpresas las elecciones del pasado 12 de diciembre. En esta región separatista pro-rusa de Moldavia, la política ya no moviliza a las multitudes, comenzando por la juventud, cansada de vivir en un Estado no reconocido. Las autoridades, por su parte, preconizan la independencia y una visión multicultural de la nación moldava, en línea con la herencia soviética.

“Si un extranjero me pregunta, contesto que soy de algún lugar entre Ucrania y Moldavia”, replica con malicia Ludmila Kliouch. Con una tasa de café entre las manos, esta joven morena de treinta y seis años sabe que pronunciar el nombre del país en el que vive dejaría perplejo a cualquiera de sus interlocutores extranjeros. Profesora de francés, vive en Tiraspol, la capital de Transnistria, ese “algún lugar” tan desconocido. Llamado oficialmente República Moldava del Dniéster (o Pridnestrovia), este proto-Estado situado en la parte oriental de Moldavia, entre el río Dniéster y la frontera ucraniana, no es reconocido por ningún miembro de las Naciones Unidas. Señal de la complejidad de la situación, Kliouch posee tres pasaportes: uno ruso, uno moldavo y el de Transnistria. Desde 2006, Moscú distribuye a los ciudadanos de Pridnestrovia documentos de identidad, provocando el disgusto de la República de Moldavia, que reivindica su soberanía sobre la entidad secesionista.

Apoyo de EEUU
Indispensable para viajar, el pasaporte de un tercer Estado constituye un “¡ábrete sésamo!” que todo transnistriano posee. “Pero esto no quiere decir que adhiera a la política de un país o del otro –se apura a precisar la profesora–. Es sólo una cuestión práctica.” En su caso, se trató de poder estudiar en Moldavia. Transnistria volvió a ser centro de atención tras la elección, el 16 de noviembre de 2020, de la muy eurófila Maia Sandu para la Presidencia de la República de Moldavia (con el 57% de los votos), un resultado consolidado ocho meses después por la victoria de su partido, Acción y Solidaridad, en las elecciones legislativas (con el 48% de los votos). Esta antigua economista, que trabajó en el Banco Mundial, se destacó desde su asunción por un regreso a la hostilidad hacia su vecino secesionista. Recordando que “la región de Transnistria es parte integrante de la República de Moldavia”, la nueva dirigente hizo un llamado al retiro de las tropas rusas, estacionadas en la zona de seguridad que delimita la frontera con la entidad secesionista, en virtud del acuerdo del 21 de julio de 1992 entre la Federación de Rusia y su país. Cuenta con el apoyo de Estados Unidos, que, por vía de su embajador, se declaró en mayo de 2021 favorable a una “completa reintegración de Transnistria en el seno de la República de Moldavia”. Sandu, sucesora de un gobierno calificado de pro-ruso, exhibe una agenda decididamente orientada hacia la integración europea del país. Su vecino ucraniano, que comparte la misma ambición y se ve confrontado al secesionismo pro-ruso de la región de Donbás, manifiesta su solidaridad con Chisináu (la capital moldava). Desde el 1º de septiembre, Kiev le prohibió a los vehículos con patente de Transnistria entrar en su territorio.

“La Unión Europea parece querer resucitar la República Socialista Soviética de Moldavia”, ironiza Vitali Ignatev, ministro de Relaciones Exteriores de Pridnestrovia, cuando le preguntamos acerca de los cambios políticos acontecidos del otro lado de la frontera. El hombre hace referencia al golpe de fuerza que está en el origen de la creación de la entidad moldava en el seno de la Unión Soviética en 1940. Bajo el dominio del Imperio Ruso desde el siglo XVIII, la región de Transnistria primero integró la República Socialista Soviética de Ucrania a finales de la guerra civil (1917-1923). En ésta gozó de una estatuto de autonomía que le garantizó, particularmente, derechos lingüísticos a la importante minoría en ese entonces calificada como rumana. Sin embargo, Moscú cambió de línea política a fines de los años 30. Las autoridades soviéticas afirmaron la existencia de una identidad moldava específica. El alfabeto cirílico remplazó las letras latinas del alfabeto rumano, para subrayar que la influencia eslava había impregnado a las minorías rumanófonas de los márgenes del imperio zarista al punto de formar una cultura propia. Ésta se extendería hasta Besarabia, una región situada más allá del Dniéster, que escapó al poder bolchevique en 1918, antes de ser absorbida por Rumania. En 1940, el Ejército Rojo volvió a tomar posesión de la zona en virtud de las cláusulas secretas del pacto germano-soviético. Fusionada a Transnistria, que se desprendió entonces de Ucrania, Besarabia se convirtió en la República Socialista Soviética de Moldavia.

Vinculadas por decisión de Moscú, las dos orillas del Dniéster vieron sus destinos nuevamente separados por la disolución de la Unión Soviética. El 2 de septiembre de 1990, unos meses después de que el (...)

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Loïc Ramírez

Periodista.

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