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La “doble vara” para medir los derechos humanos

Mimar a Pinochet, quebrar a Assange

Como Relator Especial sobre la Tortura, he recibido el mandato del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas de velar por el respeto de la prohibición de la tortura y los malos tratos en el mundo, examinar los alegatos de violación de esta prohibición y transmitir preguntas y recomendaciones a los Estados implicados con la finalidad de esclarecer los casos individuales. Al investigar sobre el caso de Julian Assange, encontré pruebas irrefutables de persecución política y de arbitrariedad judicial, así como de tortura y de malos tratos deliberados. No obstante, los Estados responsables se negaron a cooperar conmigo para emprender las medidas de investigación requeridas por el derecho internacional.

El caso Assange es la historia de un hombre perseguido y maltratado por haber revelado los sórdidos secretos de los poderosos, particularmente los crímenes de guerra, la tortura y la corrupción. Es la historia de una arbitrariedad judicial deliberada en democracias occidentales que no obstante insisten en presentarse como ejemplares en materia de derechos humanos. Es asimismo la historia de una deliberada conspiración de los servicios de inteligencia a espaldas de los Parlamentos nacionales y de la opinión pública. Es, por último, la historia de reportajes manipulados y manipuladores en los grandes medios de comunicación con el objetivo de aislar, satanizar y deliberadamente destruir a un individuo en particular.

En una democracia regida por el Estado de derecho, todo el mundo es igual ante la ley. En esencia, esto significa que los casos comparables deben ser tratados de la misma manera. Como Julian Assange hoy, Gran Bretaña también puso al ex dictador Augusto Pinochet bajo detención con extradición pendiente, del 16 de octubre de 1998 al 2 de marzo de 2000. España, Suiza, Francia y Bélgica querían llevarlo a juicio por tortura y crímenes contra la humanidad. Como Assange en la actualidad, Pinochet en ese entonces se describía como “el único preso político de Gran Bretaña”.

Sin embargo, contrariamente a Assange, Pinochet no estaba acusado de haber obtenido y publicado pruebas de tortura, asesinatos y corrupción, sino de haber efectivamente cometido, ordenado y consentido tales crímenes. Por otra parte, contrariamente a Assange, no era considerado como una amenaza para los intereses del gobierno británico sino como un amigo y un aliado de la época de la Guerra Fría y –punto crucial– de la Guerra de las Malvinas (1).

Así, cuando un tribunal británico osó aplicar la ley y levantar la inmunidad diplomática de Pinochet, esta decisión fue inmediatamente anulada. La razón esgrimida fue la posible parcialidad de uno de los jueces. Aparentemente éste, en un momento determinado, había sido voluntario en una colecta de fondos de la organización local de defensa de los derechos humanos, Amnesty International, que era codemandante en este caso. Pero volvamos al caso de Assange. En este caso, la jueza Emma Arbuthnot, cuyo marido había sido denunciado por WikiLeaks en repetidas ocasiones, no solo fue autorizada a pronunciarse sobre la orden de arresto de Assange en 2018, sino que, a pesar de un pedido de recusación bien documentado, igualmente presidió el proceso de extradición de este último hasta que la jueza Vanessa Baraitser tomó el relevo en el verano de 2019. Ninguna de sus decisiones fue anulada.

Pinochet, acusado de ser directamente responsable de decenas de miles de violaciones graves a los derechos humanos, no fue insultado, humillado o ridiculizado por jueces británicos durante las audiencias (...)

Artículo completo: 1 792 palabras.

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Nils Melzer

Jurista, Relator Especial sobre la Tortura de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Autor de L’Affaire Assange. Histoire d’une persécution politique, Éditions critiques, París, que se publicará en Francia el 15 de septiembre.

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