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Un pueblo con una determinación forjada en el exilio o bajo la ocupación

Palestina, tantas veces enterrada, siempre resistente

“En Jerusalén, Biden firma el certificado de muerte de los palestinos”. Bajo este título, el periodista israelí Gideon Levy extraía la principal enseñanza de la visita del presidente estadounidense a Medio Oriente en julio de 2022. Este, sin convicción, había apoyado la solución de dos Estados, pero, precisando, “no a corto plazo”. ¿Qué sucederá “no a corto plazo”? “¿Los israelíes lo decidirán ellos solos? ¿Los colonos volverán a sus casas voluntariamente? Cuando su número haya alcanzado un millón, en lugar de 700.000, ¿estarán satisfechos?” Es una vuelta de página, prosiguió el editorialista de Haaretz, aquella en la que los palestinos jugaron la carta de la moderación y de Occidente. Ahora, con las nuevas leyes contra el movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS) y las definiciones deformadas del antisionismo, que tienden a asimilarlo al antisemitismo, Estados Unidos y Europa están perdidos para los palestinos, cuya “situación corre el riesgo de parecerse a la de los pueblos indígenas de Estados Unidos”.

¿Estarán los palestinos reducidos a amontonarse en reservas de “pieles rojas” y a bailar el dabkeh para algunos turistas en busca de exotismo? Jamás, desde la guerra árabe-israelí de junio de 1967, su situación política, diplomática y social pareció tan desesperada. Los palestinos ya habían conocido un cruce del desierto tras la creación de Israel en 1948, la eliminación de sus dirigencias políticas, la expulsión de varios cientos de miles de ellos, dispersados en los campos de refugiados. Pero en 1967-1969, las organizaciones de fedayines generaron sorpresa y ocuparon el vacío dejado por la derrota de los países árabes; una nueva generación tomaba las armas y proclamaba que la liberación sería obra de los propios palestinos. El renacimiento de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) signó el regreso político de un pueblo que Israel se había prometido borrar y permitió a Palestina recuperar su lugar en el mapa político. En unos años, la OLP se instaló en los campos del exilio, en particular en Jordania y el Líbano, y en los territorios palestinos ocupados de Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este. Poco a poco, sería reconocida como “el único representante del pueblo palestino”, lo que será confirmado por la intervención de Yasser Arafat ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1974.

El resurgimiento de la OLP
Ni el asesinato de atletas israelíes durante los Juegos Olímpicos de Múnich (1972), ni los desvíos de aviones a finales de los años 60, ni los atentados contra civiles en el interior de Israel frenaron ese ascenso. Como lo reconoció Jérôme Lindon, director de las Éditions de Minuit, creadas durante la ocupación de Francia, feroz defensor de la independencia argelina, “¿por qué seguirían (los palestinos) las reglas de juego de la guerra moderna, dictadas en su propio beneficio por las naciones ocupantes?”. Comenzábamos a comprender, incluso en Europa, incluso a nivel oficial, que “el terrorismo” no era una enfermedad, sino el síntoma de un bloqueo político. En 1975, el presidente de la República Francesa Valéry Giscard d’Estaing aceptó la apertura de una oficina de la OLP en París.

Sin embargo, la idea de que la liberación estaba en la mira del fusil se atenuó poco a poco. Expulsada de Jordania en 1970-1971, la OLP también lo fue del Líbano en 1982. Si bien el sitio de Beirut en el verano de 1982 cambió una parte de las opiniones europeas a favor de los palestinos –vivieron en directo el bombardeo indiscriminado de la capital libanesa por los cañones, los aviones y los tanques del general israelí Ariel Sharon, sin hablar de las masacres de Sabra y Chatila (16 al 18 de septiembre de 1982)–, significó un golpe fatal para la alternativa militar. Sobre todo, porque los regímenes árabes habían renunciado a confrontar a Israel y porque el más poderoso de ellos –Egipto– incluso firmó con él una paz por separado en 1979. Las operaciones armadas puntuales perdían su eficacia, especialmente porque los combatientes de la OLP estaban dispersos lejos de las fronteras de Palestina, entre Túnez y Yemen. Pero la OLP tenía dos cartas: el apoyo de su pueblo, que iba a ser confirmado por la primera Intifada (1987-1993), y la toma de conciencia internacional, en particular europea, de que sin ella ninguna paz era posible, lo que fue confirmado por la “Declaración de Venecia” de la Comunidad Económica Europea en junio de 1980, que reconoció el derecho de los palestinos a la autodeterminación y la necesidad de incluir a la OLP en toda negociación en Medio Oriente.

El fin de la Guerra Fría y el derrumbe del “bando socialista”, el optimismo creado por la solución de diferentes conflictos –desde el África austral hasta América Central–, el cansancio de la sociedad israelí tras años de Intifada, la exasperación de las opiniones públicas occidentales ante la represión de los palestinos, iban a culminar en los Acuerdos de Oslo del 13 de septiembre de 1993 firmados por Yasser Arafat y el primer ministro israelí Isaac Rabin bajo la égida del presidente estadounidense William Clinton. Podríamos resumir así su filosofía: una autonomía palestina que debería conducir al cabo de un período transitorio de cinco años a la creación de un Estado palestino. Abandonando la idea de un Estado democrático sobre todo el territorio histórico de Palestina, donde coexistirían musulmanes, judíos y cristianos, la OLP había adherido, empujada por los occidentales, hay que recordarlo, al proyecto de dos Estados conviviendo uno al (...)

Artículo completo: 2 805 palabras.

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Alain Gresh

Director de la revista en línea Orient XXI.

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