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Frente a las tutelas religiosa, gubernamental y occidental

Efervescencia feminista en Medio Oriente

En mayo, la bióloga Rayyanah Barnawi se convirtió en la primera saudí en realizar una misión espacial. Por más destacable que sea este acontecimiento, no es representativo de la condición femenina en el Magreb, el Mashrek o en el Golfo. Para alcanzar la igualdad de sexos, las mujeres de la región no pueden esperar nada de un feminismo estatal, que legitima los poderes establecidos. Sólo la lucha por la democracia y la secularización emancipa.

La ola de manifestaciones en Irán desencadenada por la muerte de la estudiante Mahsa Amini en septiembre de 2022 muestra cuán central se volvió la cuestión de la emancipación de las mujeres en el Medio Oriente actual (1). Para examinar el asunto con total rigor, es mejor no apoyarse en las posiciones de Occidente, que tiene tendencia, en general, a explotar o caricaturizar el tema de las desigualdades de género en la región, y que se arroga el poder de liberar o rechazar a ese otro “Otro” que es la mujer oriental. Conviene también no limitarse a la elección entre dos opciones igualmente sesgadas: o bien ensañarse con las raíces supuestamente profundas de la opresión de las mujeres en Medio Oriente, o bien presentar a estas últimas como víctimas del colonialismo primero y de la aspiración reaccionaria a la autenticidad cultural después (2).

Comprender la lucha de las mujeres en esta parte del mundo requiere un punto de apoyo más sólido. Se trata de interrogar los términos ideológicos y políticos en los cuales el objeto social del género ha sido construido, tanto para Occidente como para los mismos pueblos de Medio Oriente. Solamente así se puede sacar algo en limpio de las herencias obstaculizadoras del pasado, tanto como de las nuevas posibilidades de desafiar el patriarcado y hacer escuchar voces hasta ahora marginalizadas.

Entre los numerosos daños causados por el colonialismo europeo en la región, pocos tuvieron un impacto tan duradero como el sistema de normas misóginas promulgadas contra las mujeres. En el contexto de la época, ninguna sociedad, fuera colonizadora o colonizada, era ejemplar en materia de igualdad de los sexos. El poder del patriarcado proviene de su carácter universal. Sin embargo, los conceptos de género y de privilegio masculino en Medio Oriente diferían con bastante claridad de las jerarquías e instituciones vigentes en Europa, que remodelaron la región a partir del siglo XIX.

Una diferencia central concierne a las normas informales en oposición a los códigos legislativos. Es cierto que la vida social en Medio Oriente estaba enmarcada por los textos y opiniones de los juristas islámicos, pero también ofrecía a las mujeres una libertad considerable en múltiples dominios, entre los cuales estaban la gestión de las finanzas, las deliberaciones jurídicas y las firmas de contratos. En muchos aspectos, el sistema de géneros inscrito en la sharia, a propósito, por ejemplo, del rol de las mujeres en el seno familiar y la pareja, se destacaba por su flexibilidad. Llevaba a la vez la marca de las concepciones religiosas y de las necesidades pragmáticas de la sociedad.

El colonialismo europeo transformó este sistema de dos maneras. Por una parte, fijó las prescripciones de la sharia, que hasta entonces estaban sujetas a interpretaciones muy distintas según las comunidades, en un código uniforme de leyes intangibles. La frontera rígida establecida entre las mujeres y los hombres no mahram, es decir, sin lazos de familia con ellas, ilustra bien esta evolución: lo que antes era una línea de conducta más o menos maleable y connotada religiosamente constituía ahora una obligación legal impuesta por coacción. Por otra parte, el colonialismo grabó después estas reglas en un conjunto de códigos civiles y penales impuestos a las sociedades locales a golpes de tribunales, de órdenes militares y de decisiones de las autoridades públicas.

El despotismo ilustrado

Bajo el efecto de la dominación europea, la antigua mezcla pluralista de normas religiosas informales se transformó entonces en un arsenal de imperativos que no admitían ninguna excepción. Esto reflejaba las visiones de las potencias coloniales sobre el islam y los musulmanes, considerados atrasados y reacios a la civilización, de lo cual se derivaba que las mujeres vivían necesariamente en la opresión y tenían que ser salvadas. Pero la voluntad imperialista de “civilizar” a los musulmanes desemboca en el efecto inverso al someter a las sociedades locales a un poder autoritario, a la violencia uniformada y a la explotación económica. Las mujeres también fueron víctimas de ello. Más que liberadas fueron absorbidas dentro de un nuevo aparato legal que expresaba la visión europea de la jerarquía de géneros.

Nada ilustra mejor la remodelación de las tradiciones locales bajo el efecto de la estatización colonial que la cuestión de los derechos e identidades de las personas homosexuales. En gran cantidad de sociedades musulmanas, las concepciones de género y de la sexualidad admitían de manera tácita una cierta ambigüedad de las relaciones humanas y de las prácticas sexuales bíblicamente prohibidas. Ahora bien, los criterios de clasificación que retuvo el legislador occidental trazaron una línea de demarcación rigurosa entre lo “hetero” y lo “homo”. La sexualidad fue codificada de modo tal de criminalizar toda práctica que se asimilara a un desvío. Esto tuvo por efecto extirpar las relaciones homosexuales de su terreno tradicional para inscribirlas a la fuerza dentro de categorías ajenas a la cultura mesoriental (3).

De ello se derivó una serie de paradojas en la manera de concebir el feminismo y los derechos de las mujeres en el mundo occidental. Los administradores coloniales castigaban a las poblaciones musulmanas por su opresión de las mujeres, mientras que en sus propios países las mujeres no tenían ni derecho al voto ni acceso a las carreras políticas. Además, en el campo de las transacciones económicas, las mujeres europeas disponían de una autonomía ampliamente inferior a la de sus hermanas en Medio Oriente, que podían participar en celebraciones de contratos y contribuir a obras caritativas o académicas a través de la institución del waqf, la dotación de bienes islámica.

Sin resultados

Asimismo, el movimiento de emancipación femenina cobró impulso en Occidente a mediados del siglo XX, dentro de un contexto en el cual la homosexualidad seguía siendo criminalizada y la heterosexualidad constituía la norma insuperable. Cuando el mundo occidental se comprometió con el reconocimiento de las personas identificadas como LGBTQIA+ a inicios de los años 2000, no contravino la regla de la “doble vara”: lo hizo al culpar a las sociedades musulmanes por su condena de las prácticas no heterosexuales mientras olvidaba su propia conducta pasada al respecto.

Desde el punto de vista de Occidente, el objetivo de la igualdad de los sexos dentro de las sociedades musulmanes no podía alcanzarse sino implantando sus propias ideas. Esta manera de ver las cosas se derivaba de la hegemonía que había ejercido durante tanto tiempo sobre las normas en los cuatro puntos cardinales del planeta. Pero el imperativo de un feminismo de estilo europeo jamás alcanzó un resultado convincente. Alentó la educación y la movilización de las mujeres burguesas ciudadanas, ciertamente, pero alimentando el autoritarismo y promoviendo estereotipos culturales que ignoran las identidades locales. Implementados a través de la construcción de un Estado al término de una guerra, como en Irak y en Afganistán, o por gobiernos nacionales que se valían de medios tecnocráticos, semejantes esfuerzos alimentaron una reacción autóctona que asimila la emancipación femenina al imperialismo occidental.

Este mecanismo se reprodujo a lo largo de toda la historia moderna. En primer lugar, en su forma más brutal, consistía para los gobiernos coloniales en promulgar leyes represivas en nombre de la igualdad de género. En Asia Central, por ejemplo, la Unión Soviética procedió al desvelamiento forzado de las mujeres en los años 1930. Francia hizo lo mismo en Argelia en 1958 (4). Si bien tomó como blanco a las elites tradicionales y a las autoridades religiosas, esta política tuvo sobre todo el efecto de alimentar la confusión entre progreso y colonialismo.

En segundo lugar, la misma lógica estaba en juego en el seno de los propios regímenes autoritarios, bajo la inspiración o la dependencia directa de sus aliados del Norte. Esta versión local del “despotismo ilustrado” apuntaba a liberar a “la” mujer musulmana sin liberar a los ciudadanos. Insertó la cuestión de los derechos de las mujeres dentro de la armadura de un poder (…)

Artículo completo: 4 462 palabras.

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Hicham Alaoui

Investigador en la Universidad de Harvard (Estados Unidos), autor de Diario de un príncipe desterrado, Península, Barcelona, 2014.

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