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Rehabilitación del franquismo y glorificación del pasado colonial

El Péndulo permanente del Partido Popular español

Considerada durante mucho tiempo una excepción en Europa, España cuenta ahora con la creciente influencia electoral de Vox, un partido de extrema derecha fundado en 2013. El surgimiento de esta formación, que se espera tendrá una gran influencia en las elecciones legislativas anticipadas del 23 de julio, debe mucho a las divisiones internas y la volátil evolución ideológica de la derecha posfranquista.

El 29 de mayo, con un semblante serio, Pedro Sánchez anunció en un discurso televisado la convocatoria a elecciones generales. En el poder desde 2018, el jefe de gobierno español ha optado por adelantar al 23 de julio la celebración de un escrutinio previsto para fin de año. Su sorpresivo anuncio se produjo un día después de que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), del que es secretario general, sufriera una contundente derrota en las elecciones municipales y regionales. El Partido Popular (PP), principal organización conservadora de España, obtuvo la mayoría de los votos en seis de las diez comunidades autónomas hasta entonces gobernadas (directamente o en coalición) por los socialistas. En cinco de ellas, sin embargo, la derecha deberá asegurarse el apoyo del partido de extrema derecha Vox, ya que no dispone de la mayoría absoluta. El PP también conquistó las alcaldías de Valencia y Sevilla, tercera y cuarta ciudad del país.

Desde entonces, para desacreditar al PP liderado por Alberto Núñez Feijóo, presidente del partido, la izquierda repite una y otra vez en los medios de comunicación que hay que frenar “esta corriente reaccionaria”, detener “la ola ultraconservadora”, o “bloquear a la extrema derecha”. Si esta estrategia no ha funcionado hasta ahora en España como tampoco lo ha hecho en Francia o Italia, ¿en qué se basa esta acusación?

Los “Siete magníficos”

El PP tiene sus orígenes en el franquismo, el sistema instaurado en 1939 por el general Francisco Franco y sus partidarios tras ganar la sangrienta Guerra Civil iniciada en 1936. La mayoría de los dirigentes del partido son hijos o nietos de las elites políticas franquistas y, en particular, de la franja reformista del Estado franquista, para la cual España necesitaba emprender la senda democrática. Ex ministro de Información y Turismo bajo la dictadura, Manuel Fraga Iribarne (1922 2012) fundó Alianza Popular (AP) en octubre de 1976, que se convertiría en el actual PP unos diez años más tarde. El objetivo de AP era unir, con fines electorales, siete organizaciones políticas (lideradas por siete ex ministros franquistas, apodados los “Siete Magníficos”) que representaban las distintas familias políticas del régimen del Caudillo: tecnócratas y democristianos, falangistas, nacionalistas tradicionalistas y católicos fuertemente ligados al Opus Dei (1).

“AP se creó para tomar parte en el proceso político que se inició con el fin del franquismo, para participar en la transición y llenar el vacío político dejado por Franco”, explica Jorge Verstrynge, ex secretario general de AP. Por “miedo a quedar excluidos del sistema”, los miembros de Alianza Popular aceptaron participar en el proceso electoral constituyente que desembocó en la actual Constitución del 6 de diciembre de 1978. Pero “la mitad de los diputados de AP se negó entonces a votar la Constitución, en gran parte debido a la autonomía que concedía a las regiones”, explica Verstrynge. Las divisiones entre las diferentes corrientes y el fracaso en las elecciones generales de 1982 y 1986, con una amplia victoria del PSOE, provocaron crisis internas. Para superarlas, Fraga Iribarne hizo aprobar nuevos estatutos que reducían la democracia y reforzaban la jerarquía dentro del partido. Como resultado, AP se convirtió en el PP y José María Aznar, joven y ambicioso presidente de la comunidad autónoma de Castilla y León desde 1987, sucedió a Fraga Iribarne en la presidencia del partido en 1989.

Tradición franquista

La renovación estaba en marcha: según sus propias palabras, el objetivo de Aznar era construir un gran partido de derecha unificado con el fin de “aglutinar cómodamente las ideas liberales, conservadoras y democristianas”. Junto con su joven equipo, estaba dotando al partido de estructuras fuertes para reforzar su presencia en todo el territorio español. La nueva dirección esperaba institucionalizar el partido y permitirle obtener réditos electorales. La anunciada “convivencia” tenía sus límites: “En el Partido Popular no hay electricidad. Solamente 220 voltios. ¡Y yo soy el que controla la toma y el que ponga los dedos se electrocuta!” (2), declaró Aznar poco antes del XII Congreso del partido en 1996.

“La derecha ha tenido grandes dificultades para crear un partido fuerte y capaz de competir con el PSOE –relata Pablo Simón, politólogo de la Universidad Carlos III de Madrid–. Como resultado, permanecieron en la oposición durante casi 20 años. Esto llevó a la construcción bajo Aznar de una estructura interna muy vertical, jerárquica, centralizada y presidencialista. El último presidente del partido a la fecha, Alberto Núñez Feijóo [jefe del PP desde 2022], fue elegido en unas elecciones en donde sólo hubo un candidato, elegido por la dirección del partido. De modo que, en realidad, fue designado.” Pablo Carmona, historiador y activista comunitario, ve en esto no solamente una expresión de la necesidad de superar las diferencias internas, sino también una de las formas en que las tendencias autoritarias persisten en el partido. “Es una tradición muy franquista –explica–. Al acercarse el fin de la Guerra Civil, Franco, por medio de su famoso ‘Decreto de Unificación’ afirmó, en una lógica militar según la cual la jerarquía debe respetarse pase lo que pase, que no podía haber varios poderes políticos, sino uno solo. Por lo tanto, decidió unificar las distintas falanges bajo un mismo paraguas. De ahí esa idea, tanto en el AP como en el PP, de que hay que unir a la derecha contra el enemigo regionalista, contra la izquierda, contra el comunismo, contra la masonería, etc.” Simón continúa: “Lo mismo ocurre a nivel territorial. La sede central del partido ha conseguido, tras negociaciones a veces bruscas, que casi todos los dirigentes locales y regionales del partido se alineen más o menos con la sede central. A veces, incluso, la dirección nacional impone candidatos a nivel local”.

Interés en Tercera Vía

Pero, según el historiador Julián Casanova, uno de los principales problemas a los que se enfrenta la derecha española “se debe a que, a diferencia de sus homólogas europeas, la derecha española lucha por encajar en una tradición política española” (3). La derecha británica, por ejemplo, puede reivindicar una ilustre tradición conservadora que, a diferencia del franquismo, no es incompatible con la democracia y, por tanto, indefendible a los ojos de la opinión pública. El PP, y antes el AP, han intentado legitimar el conservadurismo español invocando precedentes históricos políticamente correctos.

La estrategia se hizo evidente durante la transición democrática, cuando la derecha posfranquista invocó ideológicamente la tradición liberal-conservadora de Cánovas del Castillo, fallecido a fines del siglo XIX, para intentar darse un barniz democrático y hacer pasar a sus líderes “por nietos de Cánovas y no por hijos de Franco” (4), escribe el historiador Carlos Dardé. La contrarrevolución neoliberal-conservadora liderada por la primera ministra británica Margaret Thatcher (1979-1990) y el presidente estadounidense Ronald Reagan (1981-1989) en los años 1980 es otro punto de referencia. Para el historiador Javier Tussell “no es de extrañar que muchos de los miembros [de la generación más joven del PP] que provenían de la derecha tradicional –como el propio Aznar, falangista en su primera juventud– se convirtieran en ultraliberales, porque […] el liberalismo proveía un marco teórico moderno frente al socialismo, al tiempo que podía conectarse con la derecha conservadora” (5).

“La idea era renovar el discurso de la derecha tradicional a partir de una lógica neoliberal capaz de destronar a los socialistas y ganar popularidad –analiza Carmona–. Había que superar parte del legado franquista, cuya política económica era muy intervencionista, y virar hacia un conservadurismo más europeo, un liberalismo más doctrinario y (…)

Artículo completo: 4 290 palabras.

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Maëlle Mariette

Periodista.

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