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De la cumbre de los BRICS a la cumbre del G20

Cuando el Sur se afirma

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Lucas Estévez, 10/01/2023 (Acrílico sobre tela), 2023
Gentileza Galería NAC

¿Quién regirá los asuntos del mundo en el siglo XXI? ¿Occidente y, particularmente, Estados Unidos, que ocupa una posición dominante desde el final de la Segunda Guerra Mundial? O los países del sur, con China e India a la cabeza, que exigen una reorganización del sistema internacional. La ampliación de los BRICS es una etapa central en el reequilibrio planetario, pero todavía queda mucho camino por recorrer.

Los últimos meses fueron testigos de una efervescencia diplomática poco habitual. Más notable aun en la medida en que los países anfitriones de esas grandes maniobras, Sudáfrica e India, no pertenecen al mundo occidental. En efecto, apenas concluía la cumbre de los BRICS (acrónimo de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), el 24 de agosto en Johannesburgo, estos países se encontraron en la otra cumbre, algo más occidentalizada, del Grupo de los Veinte (G20) (1), el 10 de septiembre en Nueva Delhi. Azar del calendario, esta cercanía temporal hizo aun más evidente la diferencia entre ambas instancias, como una imagen en miniatura del mundo tal como se mueve.

La primera cumbre estaba moribunda antes de su apertura o, en todo caso, estaba paralizada por los disensos entre India y China. Mostró su vitalidad al recibir a seis nuevos miembros. Algunos comentaristas hablan de “giro histórico”, mientras que otros sólo ven un simple “golpe de comunicación”. El encuentro no merece ni ese desborde de entusiasmo ni ese exceso de miopía. Una cosa está clara: los BRICS atraen a más de veinte países nuevos, a la espera de ser cooptados.

La Cumbre del G20 debía marcar el retorno de Occidente, cada vez más discutido en los países del Sur (2). Se cerró con un fracaso, ya que los países ricos no llegaron a imponer su visión, e incluso retrocedieron en relación con la Cumbre de Bali, que el año previo había denunciado “la invasión de Rusia”. El comunicado final no hace referencia sino a la “guerra en Ucrania”: “Una formulación que los partidarios de Kiev, como Estados Unidos y sus aliados, habían rechazado anteriormente porque implica que Rusia y Ucrania tienen el mismo nivel de responsabilidad –observa Financial Times (3)–. […] Un golpe duro para los países occidentales que se pasaron el último año intentando convencer a los países en vías de desarrollo de que condenaran a Moscú y apoyaran a Ucrania”. El Sur condena la guerra, pero no adhiere al relato occidental.

Es cierto que en este G20 se integró a la Unión Africana (a igual nivel que la Unión Europea), lo que puede interpretarse como una apertura. Pero hay pocas chances de que esto modifique las relaciones de fuerza. Para hacer olvidar la decepción de la Cumbre de Nueva Delhi, la presidencia estadounidense y sus postas mediáticas destacaron la propuesta de Joseph Biden, aceptada por todos, de crear un “corredor” que una a India con Europa a través de Emiratos Árabes Unidos (EAU), Arabia Saudita, Jordania, Israel, con una vía férrea, un cable submarino de alta velocidad y un gasoducto de hidrógeno. Lírica, la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen quedó extasiada: “Mucho más que una simple vía férrea o un cable, es un puente verde y digital que unirá continentes y civilizaciones”.

Acuerdos por consenso

Por el momento, los trazados siguen sin estar claros y los financiamientos son inexistentes. En la cumbre previa del G20, el año pasado, Biden había lanzado la idea de una Asociación Global para las Infraestructuras y las Inversiones (PGII, en inglés), que se suponía contrarrestaría las famosas rutas de la seda chinas. Pero los dólares que tenían que llover no llegan sino a cuentagotas… si es que llegan. Sin esperar, el resto del mundo se organiza, imagina otros “corredores”, como el International North-South Transport Corridor (INSTC) que une a Rusia, Irán e India, al que pronto se unirían Turquía, Kazajistán, Omán (4)… En materia de desarrollo, las promesas occidentales no alcanzan para enrolar en el propio campo a los países pobres o emergentes. Es también lo que traduce el éxito de la Cumbre de Johannesburgo.

Para dimensionar el camino recorrido, hay que recordar que el acrónimo BRICs nació de la pluma de un economista estadounidense, Jim O’Neill, al servicio del banco de inversiones Goldman Sachs, en 2001. En su espíritu, los miembros del grupo no eran sino cuatro, y la “s” final era la marca de un plural. Lo que se trataba de enfatizar entonces era su desarrollo rápido, como lo formularían él y dos de sus colegas algo más tarde: “Si todo sigue su curso normal, en menos de 40 años las economías de los BRICs podrían superar a las del G6 [que agrupa a los seis países más ricos]” (5).

En plenas negociaciones comerciales con los países occidentales para una liberalización acelerada de los intercambios en todos los campos, los cuatro países en cuestión decidieron hacer concreto el acrónimo y encontrarse por primera vez en Rusia en 2009, y luego en Brasil al año siguiente y, un año más tarde, en China, donde se les unió Sudáfrica. Los BRICS –ya con una S final por Sudáfrica, y en mayúsculas para mostrarla al mismo nivel que los demás, esta vez– se institucionalizaron: la Cumbre de agosto pasado es la décimo quinta de este tipo. No obstante, sus miembros no se estructuran en una organización clásica con una dirigencia, una secretaría, etc. El país anfitrión de la Cumbre es quien preside durante un año, mientras un sherpa de cada país y su adjunto preparan la reunión, y las decisiones se toman por consenso. Dicho de otro modo, y contrariamente a lo que se escucha a veces, los (...)

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Martine Bulard

Jefa de Redacción Adjunta de Le Monde diplomatique, París.

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