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Resiliencia frente al cambio climático y seguridad alimentaria

El rol imprescindible del suelo

La despreocupación asociada al desconocimiento del suelo en Chile, el aumento de su degradación y contaminación está limitando nuestra seguridad alimentaria y más aún, nuestra resiliencia frente al cambio climático. No solamente está el uso de energías renovables para combatir el cambio climático, sino también existen soluciones basadas en la naturaleza, como la reforestación, el almacenamiento de carbono en los reservorios geológicos o en los suelos.

Las contribuciones directas e indirectas de los ecosistemas al bienestar humano se definen como servicios ecosistémicos y se agrupan en abastecimiento, regulación y culturales. El suelo, por su definición, es la interfase entre el agua, el aire, la roca y el ser vivo, es un cuerpo complejo y heterogéneo y sus propiedades cambian con el tiempo, pero también es el principal soporte de las actividades humanas.

Sus servicios ecosistémicos son, entre otros, el sostén físico a las plantas, animales, construcciones, la producción vegetal y de materias primas, el ciclo del agua, el ciclo del carbono, los servicios culturales como testigo de la historia, almacén. En un enfoque económico, se ha valorado que anualmente los servicios de los ecosistemas terrestres del mundo equivalen aproximadamente al producto interno bruto global anual (1).

Tiempo de formación

Es esencial indicar que el suelo es un recurso natural no renovable a escala humana, la formación de un centímetro de suelo tarda entre 22 y 71 años. El suelo está compuesto de minerales y de materia orgánica, la cual, a su vez está compuesta de 50% de carbono, lo que permite clasificarlo como una fuente de los gases de efecto invernadero (GEI). La materia orgánica contenida en el suelo está descompuesta y mineralizada por organismos (hongos, bacterias, lombrices, etc.), y luego genera gases que están expulsados en la atmosfera, en particular el dióxido de carbono (CO2), el óxido nitroso (N2O) y el metano (CH4).

Asimismo, el suelo es considerado como un sumidero de carbono con una estimación de 1.500 Gt a 1 m de profundidad y 2.400 Gt a 2 m, tres veces más que la cantidad de carbono en la atmosfera (750 Gt) y 650 Gt para la vegetación (Scharlemann et al., 2014)(2), y contribuye ampliamente al almacenamiento del CO2 que fue emitido por las actividades humanas(3-4). Estas cifras definen el suelo como el sumidero más importante del planeta después de la hidrosfera. El secuestro de carbono en el suelo implica dos procesos conectados y necesita la interacción entre las plantas y el suelo, el primero es la absorción del dióxido de carbono atmosférico por las plantas a través de la fotosíntesis, y el segundo es el almacenamiento del carbono en la materia orgánica del suelo derivada de la descomposición de las plantas muertas.

Gases invernadero

Por lo tanto, el suelo constituye un componente muy importante a considerar en las estrategias de lucha contra el cambio climático, si se fomentase una gestión adecuada. De lo contrario, es el rol de fuente de gases que primaría debido al aumento de temperatura asociado al cambio climático que, en algunas zonas geográficas (5), tiende a incrementar la degradación de la materia orgánica de los suelos y, por ende, el rechazo de gases de efecto invernadero en la atmosfera.

Cuando el almacenamiento y la degradación de carbono se realizan a la misma velocidad, como es el caso de los suelos “naturales” aún no intervenidos por el humano, los suelos se encuentran en equilibrio, pero no es el caso de (...)

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Audrey Gallaud Parquet

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